Cenizas de un gran fuego

Conocí a Jesús R. Risquez Thielen —“Chucho” para nosotros— en el colegio. Fuimos amigos durante más de cincuenta años.

Después sería médico psiquiatra, músico y poeta. Pero esta no pretende ser una semblanza de Chucho. Es apenas la historia de un poema, de una breve conversación y de lo que ambos dejaron en mí.

En agosto de 2021 me envió Amor.

Lo leí varias veces.

Comenzaba con una cita del Evangelio de Lucas: “porque amó mucho”, y desde allí recorría el amor, la ausencia, la fe y la muerte con una intensidad que me sorprendió. Amé, amo y amaré. El amor conjugado en todos los tiempos verbales.

Lo llamé.

No recuerdo cada palabra de aquella conversación, pero sí recuerdo perfectamente lo que le dije:

—Chucho, estas cenizas hablan de un gran fuego.

Había leído algo más que un poema. O, por lo menos, eso creí.

Le comenté mis impresiones. Allí parecía haber existido un amor muy profundo, quizá prohibido, una muerte trágica y, sobre todo, un silencio: algo que debía permanecer protegido para no causar heridas.

No pretendía interrogarlo. Éramos dos amigos conversando.

Chucho tampoco me contó la historia.

Pero me dejó entender que detrás de aquellos versos había mucho más. Tanto, que daba para una novela. El problema era que escribirla podía revelar algo que hasta entonces no era conocido.

Quedamos en algo sencillo: quizá me enviaría un borrador. O, si coincidíamos en Charlotte, nos sentaríamos a hablar. Imagino hoy esa conversación como suelen imaginarse las conversaciones que quedaron pendientes: larga, sin apuro, entre cafés y algunas copas.

Yo tenía previsto ir a Charlotte.

Fui.

Pero Chucho había muerto unos meses antes.

Nunca recibí el borrador y nunca escuché la historia.

Durante algún tiempo pensé que aquello había quedado sencillamente inconcluso. Después volví al poema. Y más tarde a otros textos suyos.

En Ilusiones hablaba del tiempo que pasa indiferente, de la vida y la muerte, de aquello que llamamos presente y que desaparece mientras intentamos nombrarlo. En otro poema, dedicado al Niño Jesús, aparecían la humildad, la ternura y nuevamente la soledad: “tan humano”, “tan niño”, “tan solito”.

Y estaba también el Chucho que yo recordaba del colegio.

Entonces comencé a leerlo de otra manera.

No como quien busca resolver un secreto. Mucho menos como quien intenta reconstruir una historia que su autor decidió no contar.

Recordé una frase de Octavio Paz, en Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe: “La obra se cierra al autor y se abre al lector”.

Chucho tenía derecho a conservar su historia.

Pero el poema, una vez que decidió compartirlo conmigo, también produjo una historia en mí.

Eso es lo que puedo contar.

No necesito saber quién inspiró aquellos versos. Tampoco hasta dónde llegaba aquel amor ni cuáles fueron las razones de su silencio. Algunas cosas las intuí durante nuestra conversación y allí deben permanecer.

Lo que sí sé es que aquella lectura me permitió mirar de otra manera a un amigo de toda la vida.

Entendí mejor su sensibilidad. La forma en que podía amar. Su relación con la ausencia, con la fe, con el paso del tiempo. Y también aquellos momentos de soledad del muchacho que conocí tantos años antes, aunque sería presuntuoso pretender explicarlos ahora.

Quizá no había nada que explicar.

Tal vez simplemente llevaba dentro un mundo particularmente rico.

Hoy siento una satisfacción difícil de expresar sin caer en solemnidades: haber sido su amigo durante más de cincuenta años.

Y, además, sentirme honrado porque, por un momento, Chucho me permitió asomarme a una pequeña ventana de su intimidad más profunda.

Nunca conocí la novela.

Me quedó el poema.

Me quedó aquella breve conversación.

Y me quedó una frase que, después de tantos años, sigo creyendo cierta:

Estas cenizas hablaban de un gran fuego.

La historia de ese fuego siguió siendo suya.

Lo que provocó en mí ya forma parte de la mía.

Cuando lo pegues completo, seguimos con la firma y la publicación.

Federico López Brito
El Desierto, septiembre de 2026